Madián
Hablar de Madián equivale a hablar de agua, de pequeños continentes sembrados de maíz y de lino, de templos esculpidos en la piedra, de pirámides escalonadas y de ciudades sumergidas pintadas de rojo y de verde.
Hablar de Madián es hablar de colores rojos y verdes que se reflejan y se multiplican en el agua. Porque agua hay por todas partes: agua viva, agua cristalina, agua nítida. Grandes océanos que no acaban nunca. Mares en cuyas profundidades se erigen gigantescas metrópolis subacuáticas, semejantes a enormes bolas de cristal.
Y todo eso, que podría parecer peligroso, no lo es.
Apenas resulta monótono. Sobre todo cuando hiela y los mares dejan de reflejar las magníficas ciudades de las profundidades.
Aquel día había mucho viento en la más grande de las ciudades de la superficie. Un viento capaz de barrer las gigantescas naves mercantes del Quinto Cielo.
En Gad, la ciudad de la suerte, se repetía el espectáculo mil veces visto de la Estación de Enlace Cielo-Madián y de la multitud de seres del Edén que se agolpaba a su alrededor: serafines y potestades arropando sus cuerpos entumecidos; técnicos y pilotos, con la nariz colorada y medio hundida en la vestidura; y esos extraños seres grises que, desnudos, no sienten el frío y venden pasajes a mundos remotos a menor precio que la Corona.
Pero es preciso que todo el Edén viva.
Lo supe entonces, cuando escuché mi nombre en boca de un serafín guerrero.
Tres de ellos me cerraron el paso.
El primero sostuvo su báculo de luz con una mano enguantada y temblorosa. Las alas, abiertas contra el viento, parecían más antiguas que la ciudad.
Y aquello, en Madián, fue el inicio de mi mayor pesadilla.
El Quinto Sol – Libro I: Mensajera del Viento