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Domingo, 10 de Mayo del 2026

Pasillo 33

Pasillo 33

Desperté con la voz entre espejos 

El aire olía a promesas y viejos consejos 

Una carta sin firma en la mesa 

Y un reloj que marcaba una hora ilesa 

 

El pasillo era largo y curvado 

Cada puerta decía lo que había negado 

Luces tenues, murmullos de fiesta 

Y una risa que dolía la siesta 

 

Ya no buscaba salida ni entrada 

Solo el eco de una última llamada 

 

Bienvenido al Pasillo 33 

Donde el alma se esconde y no sabés por qué 

Podés pedir lo que el cuerpo desea 

Pero el precio es lo que el alma no entrega 

 

Vi tus ojos en una vidriera 

Pero no eran tuyos, era otro cualquiera 

Todos los rostros tenían mi forma 

Y yo ya no sabía qué norma me transforma 

 

Un lugar donde el tiempo no muere 

Pero cada segundo algo en vos se pierde 

 

Bienvenido al Pasillo 33 

Donde el alma se esconde y no sabés por qué 

Podés pedir lo que el cuerpo desea 

Pero el precio es lo que el alma no entrega 

 

Una voz me ofreció libertad 

Si firmaba con tinta que no puedo borrar 

Y firmé, como firma un sediento 

Sin saber si era pacto o lamento 

 

Bienvenido al Pasillo 33 

Donde el ayer se disfraza de fe 

Podés salir cuando ya no querés 

Porque al que entra, nunca más se lo ve.

 

Acerca del poema:

El poema trabaja sobre una arquitectura moral: un pasillo, varias puertas, una oferta y una firma. No describe un lugar. Describe una conciencia atrapada en su propio expediente.

“Pasillo 33” funciona como umbral. No es habitación ni calle. Es tránsito detenido. El sujeto despierta “con la voz entre espejos”, es decir, ya no posee una voz limpia: habla duplicado, vigilado por reflejos. La carta sin firma y el reloj con “una hora ilesa” instalan desde el comienzo una lógica de deuda. Algo ocurrió, pero nadie quiere asumirlo. Ni siquiera el tiempo.

El centro del poema está en la tentación. El pasillo ofrece deseo, pero cobra identidad. “Podés pedir lo que el cuerpo desea / Pero el precio es lo que el alma no entrega” condensa bien la tensión: el cuerpo negocia; el alma resiste. No hay condena explícita. Hay contrato. Más grave.

Las imágenes de rostros ajenos con forma propia abren otra lectura: el yo se multiplica hasta volverse sospechoso. La vidriera no devuelve a la persona amada, sino una versión deformada de la falta. Lo perdido ya no está afuera. Se instaló en la mirada.

El poema tiene una atmósfera de pacto fáustico menor, sin teatralidad. La voz que ofrece libertad exige una tinta irreversible. Y el hablante firma “como firma un sediento”: no por convicción, sino por necesidad. Esa línea tiene peso porque no absuelve, pero entiende. La caída no siempre viene del deseo. A veces viene de la sed.

El cierre ajusta el mecanismo: se puede salir cuando ya no se quiere. Es una libertad tardía, inútil. El castigo no es permanecer encerrado. Es dejar de querer salir.

En síntesis: “Pasillo 33” es un poema sobre deseo, culpa e identidad erosionada. Su mejor zona está en esa administración seca de lo ominoso: no necesita monstruos. Le alcanza con un pasillo, una firma y una puerta que todavía espera.