Las manos detrás del texto

Darío C. Dalmaso
Escribe desde el margen, no desde la vitrina. Su trabajo se mueve entre la corrección invisible y la palabra que todavía tiembla. Fundó Grammata como un refugio para los textos que no encajan en la urgencia del mercado: un espacio para la escritura lenta, honesta, despojada de artificio.
Cree en la edición como gesto ético y en la lectura como forma de resistencia. No persigue lectores: los espera. Sostiene que un texto no se salva por su brillo, sino por su respiración. Y que la tarea del editor es acompañar ese pulso, no someterlo.
Desde su escritorio —un territorio de borradores, márgenes subrayados y silencios insistentes— trabaja cada obra como si fuera la primera. Grammata es su apuesta: un lugar donde la palabra no pide permiso, encuentra abrigo.
«No corrijo para embellecer. Corrijo para que el texto deje de mentirse.»

Marta S. Iriarte
Marta S. trabaja desde las sombras luminosas de la edición. Su oficio no comienza con la palabra, sino con el silencio previo: ese espacio donde un texto decide si vale la pena existir. Corrige con sutileza, sin estridencias, como quien ordena una biblioteca ajena con la delicadeza de un gesto íntimo.
Teje líneas, rescata murmullos, endereza frases sin quebrarlas. Cree en los manuscritos con heridas, en los autores que dudan, en las historias que todavía no se animan a pronunciarse. Su mirada es un refugio y, a la vez, un pulso que impulsa.
En Grammata es brújula y faro: acompaña los textos hasta que encuentran su forma justa. No impone su mano: la presta. No busca brillar: prefiere que la luz caiga sobre quien escribe.
«Si el sistema falla, me adapto. Si el jefe calla, traduzco.
Si el día pesa… escribo.»